Yo pensé que no se podía sin ti, porque estar a tu lado era lo único que sabía, me había aprendido de memoria tus gestos, tu risa, los lunares en tu cuerpo y hasta la velocidad en tus besos, te di tanto que de verdad me quedé sin nada. Tuve días malos y días muy grises en el camino para poder soltarte, canciones y calles donde fuimos felices, aquella carretera para ir a verte, y aquella terquedad mía de pensarte todos los días y esa increíble sonrisa tuya que me costó la mitad del alma quitármela del corazón. Ya no te busco en las estrellas ni en mi hermosa luna, ya no siento nada al llegar la hora del día donde siempre hablábamos, ya no eres mi deseo en las pestañas caídas, ya no me molesta escuchar tu nombre o percibir los perfumes que te gustaban. Estamos en paz, no sé nada de ti, ni tú de mí, y es lo mejor, porque no quiero volver a sentirme así, no quiero volver a caer como me caí por ti, no quiero que vuelvas ni yo volver, por eso le pido a Dios que te cuide, que la vida te trate bonito y que yo no me vuelva a encontrar otra como tú.
No sé, pero algo en el aire me dice que no basta con solo pensarte. Necesito caminar contigo bajo la lluvia. Sentir cómo el agua borra los límites entre tu piel y la mía, hasta no saber dónde empiezas ni dónde termino yo. Besándote. Cada beso nuestro sería un pequeño Big Bang: dos mundos que colisionan y se funden en un solo latido de estrella. Mientras las gotas escriben versos efímeros en los cristales del tiempo, el frío nos obliga a juntarnos más. Que cada paso levante universos de charcos donde se reflejen estrellas que aún no han nacido. Tal vez la lluvia no sea más que polvo de cometa deshecho, y nosotros, dos partículas perdidas aprendiendo a danzar en su caída. No sé. Solo sé que te necesito bajo este cielo que se deshace. Que tus labios son la única frontera que quiero perder. Para recordarme que incluso en la tormenta hay un latido cósmico llamando tu nombre y el mío.
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